Aquí estoy, Señor
Desde el principio, empezando por el hermano de Moisés, Aarón, los sacerdotes han estado ofreciendo diferentes tipos de sacrificios. Sabemos que somos personas pecadoras. Sabemos que debe ofrecerse algo para apaciguar a Dios por nuestra pecaminosidad. Personas en muchas culturas diferentes se dan cuenta de su pecaminosidad y han buscado alguna forma de compensar los pecados cometidos. Y por mucho que intentemos hacer el sacrificio correcto, es como si, en el fondo, supiéramos que el sacrificio ofrecido es lamentablemente insuficiente.
Simplemente no hay suficiente. Hasta. Hasta Jesús.
Su sacrificio, el sacrificio supremo, apacigua a nuestro Dios porque Jesús es Dios. Se necesita Dios para hacer el sacrificio supremo y redimir a la humanidad.
Los profetas del Antiguo Testamento sabían en su corazón que no podían hacer nada para eliminar el pecado del hombre. Sin embargo, se ofrecieron sacrificios repetidamente. Cuando Jesús hace el sacrificio supremo, ¿dejamos de ofrecer sacrificios? No. Los sacerdotes, en la persona de Cristo, continúan ofreciendo Su sacrificio de manera no sangrienta, sabiendo que no hay nada que un sacerdote humano pueda hacer o decir.
Pero, en las palabras que nos dio Jesús, el propio Dios, el sacrificio se hace a diario, miles de veces, cada hora de cada día. ¿Por qué? Simplemente, Dios te ama y quiere que estés con Él. Mi Señor y mi Dios, confío en vosotros.
Que el Señor te bendiga en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

